Toño, toda una caja de sorpresas

“Indudablemente fue la muerte de mi esposa… Cuando me jubilé, tenía muchos planes, quería dedicarme a pasar los años dorados con Ángela, sin preocupaciones ni estrés, pero todo esto se vino a pique cuando ella murió. Es como si la vida me diera por un lado pero me quitara por el otro…” Fue la respuesta que me dio mi abuelo toño cuando le pregunte por el momento que más lo había marcado.

Y sí, todos sabemos que enfrentar la muerte de un ser querido es algo que de  un modo u otro nos toca enfrentar, pero cuando nos llega el momento, sentimos que somos las personas más infortunadas del mundo, creemos que Dios nos ha abandonado. “es esa soledad que se siente tan inconmensurable que parece que no va a haber manera de llenar el espacio de la persona que se fue…” continuó diciendo mi abuelo, sentado en la sala de su casa, respondiendo a mis preguntas, pulcramente vestido, cosa que suele hacer a diario, de pantalón de paño y camisa, con su barriga prominente, unas grandes orejas, su cabello gris y con algunas canitas producto de la edad, al fin y al cabo son 77 años de historia.

Mientras toño, como le decimos de cariño, refunfuñaba, uno de sus mayores defectos, pues reniega antes de saber que pasa en realidad; acerca de un safari frustrado que se disponía a emprender Martín, el gato de su nieta Marcela, en el jardín de la unidad residencial, yo me dediqué a observar lo que había sido, y seguirá siendo el hogar de mi abuelo paterno, su esposa Ángela, hasta el momento de su muerte, mi tía Marta, y su hija Marcela, durante un poco más de 20 años. El número 117 del bloque 7 en el conjunto residencial Patio de la Castellana, frente al nuevo centro comercial Los Molinos.

Un acogedor apartamento de unos 70 metros cuadrados, ubicado en el barrio Belén, en la 80; con tres habitaciones, dos balcones y una pequeña sala de televisión. El piso es blanco y las paredes de colores vivos, detrás de mi hay un estante lleno de pequeños pesebres que colecciona su hija Marta, quien siempre ha vivido con mi abuelo y que después de la muerte de mi abuelita se convirtió en su mayor compañía. Yo estaba sentada en el otro sillón de la sala, al frente de un gran balcón, privilegio que sólo pueden tener los dueños de los apartamentos en el primer piso, y gracias a Dios mi abuelo era uno de ellos. Mientras éste regañaba a martín pues había saltado del murito del balcón hacia el jardín para irse a ‘cazar’ moscas, me invadió un vago recuerdo de una de las tantas navidades que habíamos pasado con toda la familia en esta sala, todos los regalos que nos habíamos sentado a abrir frente al árbol de navidad, los gritos, la alegría de cada uno de mis primitos y la mía cuando nos daban uno, recuerdo que rompíamos el papel y hacíamos todo un show; el 24 de diciembre en esta casa era de sentarse hasta las 3 ó 4 de la mañana a repartir regalos entre aguardienticos, bebida tradicional de Medellín y acompañante por excelencia de las fiestas decembrinas, y flashes de cámara, porque eso sí, no conozco alguien que le guste tomar más fotos que a mi abuelo, y para colmo de males, todas son cuando uno está desprevenido esas que generalmente terminan siendo las más feas.

Y como todo un fotógrafo aficionado, que ha viajado a diversos países del mundo, China, Argentina, Chile, Venezuela, entre otros, además de incontables paseos en nuestra bella Colombia, tiene una cantidad inmensa de fotos, de recuerdos estampados en papel, algunas ya amarillas por el tiempo, y hasta caras que ni reconocemos.

Ojeando uno de los tanto álbumes, se podría decir que reciente, comparado con los vejestorios que abrí, encontré una foto donde Toño posa sonriente a la cámara, con su habitual felicidad cuando se trata de un viaje, y más aún cuando es un crucero por las Islas del Caribe; su vestimenta es apropiada para el calor del lugar, una bermuda negra acompañada de una camiseta de cuello redondo blanca y sin ningún decorado, no puede faltar el reloj, accesorio indispensable en el diario de éste hombre, además de sus gafas, en realidad sus ojos, que posan sobre su sobresaliente nariz, y alrededor de unas cuantas arrugas.

Seguí pasando las fotos y encontré una más que me sorprendió, “la última vez que fui a un parque de Disney” dijo mi abuelo al verla; llevaba un vestimenta similar a la anterior, además, en la correa de su pantalón colgaba el estuche de la cámara, infaltable en un paseo. Creo que en el viaje a China, país que visitamos en noviembre del 2007, fue donde más fotos ha tomado. Para él es el país más maravilloso y más espectacular, creo que siente el mismo encanto que yo siento, y eso que no vivió allá, como yo. “La cultura china se merece que uno le cause admiración, porque todo lo chino es fantástico…”

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El gusto por las fotos y una característica fascinación por el orden ¾a cada foto le escribe dónde fue y en qué año¾ le han ayudado en uno de sus mayores defectos, la mala memoria. El ser olvidadizo es quizá uno de los males más comunes en la sociedad, toño no se queda atrás. “Cuando vivíamos en Armenia, un día que llegamos a la casa, viniendo del club campestre, mi papá comenzó a contar cabezas y faltaba una de las niñas, Claudia; con tan sólo 7 u 8 años, mi papá se había olvidado de ella y la había dejado en el club….” Cuenta Marta su hija. En esa época no tenían carro y tampoco televisor, entonces se sentaban en familia a escuchar la radio, vivían en una casona grande vieja de bareque. En Villavicencio, ciudad donde vivieron luego de Armenia, estuvieron en un hotel por seis meses porque aún no tenían casa, pero ya sí tenían carro. Actualmente toño tiene un Nissan Sentra blanco modelo 2006 y aunque algunas veces se eleva y conduce por la mitad de la calle, se puede decir que es un buen conductor.

Yo no tengo mala memoria, ni me considero elevada, pero el sólo hecho de pensar en cómo controlaban mis abuelos a sus siete hijos, me da escalofrío. Las mujeres son las mayores de la casa, Silvia, Marta y Claudia; luego vienen los cuatro hombres Juan, Carlos, Mauricio y Jorge. “Recuerdo que toño era bastante bravo, aunque a los hombres los regañaba más que a nosotras las mujeres, eso sí siempre procuraba hablar y dar consejos antes de castigar…” decía Marta; sin embargo siempre ha sido alcahueta con sus hijos y nietos. “Es un excelente abuelo, papá, suegro y amigo… muy querido, conversador y prudente, que se adapta fácilmente a cualquier situación.” Afirma Adriana Arango, una amiga.

Además de ser un padre ejemplar, que procuró querer a todos sus hijos por igual, educarlos y guiarlos de la mejor manera, toño, también se caracterizó por ser una persona emprendedora, y muy trabajadora, “siempre luchó por sacar adelante a su familia, por ser muy trabajador y responsable” dice Mauricio, otro de sus hijos.

Su primer trabajo fue de vendedor de colchones, en el cual resultó ser un fiasco, mas adelante pasó a trabajar en la industria química, también fue secretario del jefe de la estación Medellín del ferrocarril de Antioquia, sin embargo a lo que se dedicó la mayor parte de su vida laboral fue a trabajar en seguros. Inicialmente se vinculo a Suramericana más o menos en el año 57 y trabajó allí por espacio de 11 años, más adelante, después de formar una sociedad gestora que tuvo que liquidarse por motivos económicos, dedicó el resto de sus años de trabajo a la empresa corredora de seguros, Pedro Estrada y co. Ltda. Allí trabajo por espacio de 28 años, empezó ganándose $13.000 pesos, en esa época el arriendo de su casa costaba $4.000, y terminó ganando mucho más siendo asistente comercial. “Al jubilarme, continué trabajando por tres años con Pedro Estrada, pero después de retirarme definitivamente, juré no volver a trabajar en nada parecido a los seguros, si es del caso me pongo a hacer nada…”

Y el toño, sí cumplió, al jubilarse dedicó su vida a hacer mandados, a servirle a la gente, a leer, escuchar música, dormir, en fin, a llevar una vida relajada y sin preocupaciones. El ser servicial es uno de sus mayores dones, “no tiene problema en hacerle un favor a uno por más difícil que sea; además se dedica mucho a su familia y le gusta mucho estar con la gente” cuenta Santiago uno de sus nietos.  De vez en cuando destina su tiempo a la marquetería, labor que hace con gran destreza. El balcón trasero de su casa fue adecuado y transformado en un pequeño taller donde guarda sus herramientas para este oficio, además para la carpintería, y para las reparaciones elementales de la casa.

Su vida transcurre de una manera sencilla, suele levantarse temprano, inclusive los domingos, “por muy tarde que me levante, no me dan mas de las 8:00 AM en la cama, aunque la siesta después del almuerzo me encanta… y la de los domingos aún más” dice Antonio. Lleva y recoge a Marta en el trabajo los días que no tiene pico y placa, casi todas las mañanas viene a mi casa a leer el periódico y la revista semana, “porque eso sí hay que estar informado”. Aunque no es católico fanático, sí va a misa todos los domingos y procura rezar al levantarse y antes de acostarse. Va a cine frecuentemente, los miércoles él y Marta van a Los Molinos con las tapas de la gaseosa Crush porque la boleta les sale a mitad de precio, sus favoritas son las de acción.

Este servicial, inteligente y responsable hombre, disfruta de la buena comida, le encanta comer en restaurantes, ¿a quién no?, aunque también le gusta mucho la comida de su casa. La mayoría de los domingos ayuda en la elaboración del almuerzo, haciendo los patacones, creo que son de los mejores que he probado. Disfruta mucho de los dulces, “como mi madre, aunque ya no como tanto como antes” dice. A pesar de que le encanta servir a la gente, hacer mandados y favores, le saca el cuerpo a ir al centro de la ciudad; las serpientes le producen escalofrío, la india sería el último país que visitaría y le parece la burla más grande el hecho de que la gente mienta a “ciencia y conciencia”. Una de sus mayores fallas, según su nuera Marta Doris, una de las pocas personas que se atreve a enumerar sus pocos defectos, es que le cuesta mucho expresar sus tristezas y sus problemas, “es una persona que tiende a guardarse lo malo que siente y no se desahoga…” afirma ella.

Mientras mi abuelo buscaba más álbumes fotográficos para mostrarme, yo hice un recorrido detallado por su casa, me sorprendió la cantidad de cuadros que hay en él, de todos los tamaños y colores; en la habitación de Martica hay una pared llena de fotos enmarcadas de toda la familia, de los nietos, de los cumpleaños, de los paseos, una bonita manera de revivir el pasado y mantenerlo en el presente.

En uno de esos álbumes encontré las fotos de un paseo a la isla de Providencia, parecía una luna de miel, fue un viaje que hicieron mis abuelos en marzo del 95, un año antes de fallecer mi abuelita, entre ellas había una donde aparecían los dos, con una increíble vista del mar y sus siete colores, únicos de este lugar. Mis abuelos están sentados sobre una piedra, con gafas de sol y atuendos adecuados para la playa, traje de baño y sandalias, en sus caras se dibuja un gran sonrisa, y en sus ojos se refleja una sensación de felicidad indescriptible.

Jesús Antonio Pareja Garzón, mi abuelo toño, nació el 7 de mayo del año 1932, en Palmira, Valle. Creció en una familia con las costumbres tradicionales de la época, sus padres Inés y Santiago, sus dos hermanas, Clementina y Odilia y su hermano José Eduardo vivieron con él hasta que el 24 de septiembre de 1954 decidió casarse clandestinamente con Ángela Helena Cárdenas Roldán. Debían viajar a Manizales, debido a que ella era menor de edad, y él apenas tenía 22. El párroco Esteban Arango González, de la iglesia del rosario en el barrio Chipre, resultó todo un caballero y quiso ayudarles; se encargó de conseguir los padrinos y además como regalo de bodas les dio un paseo en su Volkswagen azul para conocer la ciudad.

“Desde muy temprana edad empezó su familia y su vida de matrimonio, llegando a tener siete hijos…” cuenta Mauricio uno de ellos. También con el paso del tiempo a llegado a tener un gran familia, once nietos, cuatro hombres y siete mujeres, además de una bisnieta.

A mediados del año 1994 a toño le diagnosticaron Artrosis, una degeneración de la cadera. Al poco tiempo de encontrada la enfermedad le pusieron una prótesis de cadera, que fue remplazada por una nueva y con tecnología más avanzada, en el año 2005. Este padecimiento, aunque cambio su vida, no le ha impedido caminar, ni disfrutarla como se debe, obviamente se ha visto afectado en cuanto a no poder realizar distintos deportes y a tener que caminar algo cojo; a pesar de esto, su vida continuó normalmente y no se siente acomplejado por sufrir este mal. La familia ha sido un apoyo muy grande en su vida, incluso en esta dolencia; “es la que me ayuda a superar estas dificultades, por eso es que uno dice que si no se quiere a la familia, ¿qué objeto tiene vivir si los amigos son lo mas efímero del mundo?” Afirma toño, ese Vallecaucano de nacimiento pero paisa de corazón, que con 77 años de vida, de historias por contar y secretos que revelar, ese ser humano sencillo, servicial, amable conversador, inteligente, demuestra día a día ser un padre, abuelo, suegro, amigo y ciudadano ejemplar digno de admirar; en fin, toda una caja de sorpresas.

With LOVE, Ana.

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