Vancouver, recuerdos majestuosos

De repente abro los ojos y mi corazón se acelera, este no es mi cuarto, es un lugar distinto y hace frío. Cierro los ojos y los aprieto fuerte, como si quisiera despertar de una pesadilla, pero al abrirlos de nuevo estoy en el mismo lugar. Salgo y me encuentro con un ambiente frío y un aire más puro del que normalmente respiro, todo está cubierto de blanco, es nieve.

Todos llevan ropa de invierno, chaquetas, bufandas, gorros, guantes y botas de nieve, todos sonríen, conversan y parecen conocerme. Esto es muy familiar. Luego de un rato estoy en un salón de clases, con mesas, sillas, un tablero, un televisor y por lo menos diez personas más. En el tablero está escrito: Febrero 13 de 2007. No lo entiendo.

“Les entregaré una hoja en la deben relatar las cortas vacaciones que acabaron de pasar. Recuerden que tienen dos horas para completar el examen”, habla quien parece ser la maestra. Mi mente se devuelve a los asombrosos cuatro días que pasamos en las montañas rocosas de Canadá y comienzo a relatar una historia con la inspiración y el entusiasmo característicos de alguien que el próximo año estudiará Comunicación Social.

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Es majestuoso. El aire puro, el eco que se escucha al hablar, el paisaje blanco, el frío que se cala en los huesos, es una sensación indescriptible. Todos tomamos fotos como locos y reímos abrazados unos a otros, tratando de grabar este momento en nuestra memoria y en nuestras cámaras. Gritamos porque el viento y la inmensidad del lugar nos hacen pensar que quien está a nuestro lado no nos escucha lo suficientemente bien. Es nuestra emoción la que habla, nuestro asombro el que articula las palabras. Eso son las montañas rocosas, eso genera el lugar. Así que me atrevo a decir que este fue uno de los lugares más impresionantes que haya visto en mis casi 18 años de vida, y sin duda una de las mejores experiencias que he vivido hasta ahora.

Además del paisaje y la nieve, hubo hoteles lujosos con piscinas térmicas humeantes y con habitaciones con vista a las montañas, fogatas y masmelos, fiesta, música, cocteles y más fotos. Además de un viaje a uno de los sitios más populares de Canadá, fue un fin de semana lleno de diversión, amigos, risas, juegos, y recuerdos inolvidables.

Mientras me inspiro en mi escrito, tratando de sacar una buena nota en el examen final del curso, llega a mis manos una caja de Timbits. Cada mañana, en clase, recibimos de parte del instituto en el que estudio, una caja de estas delicias, donas en bolitas, pequeñas delicias engordadoras. Hay de chocolate, de vainilla, de azúcar, de canela, rellenas de fresa, mora, arequipe o más chocolate. Busco la que más me gusta, doble chocolate, la negrita de la caja.

Rockies

Me la meto a la boca, cierro lo ojos y me pierdo en su dulce sabor. Luego oigo un sonido que no es familiar, un sonido agudo y ensordecedor, de repente lo entiendo, es la alarma. Saco la mano de la cobija y alcanzo el celular para apagarla.

Al abrir bien los ojos la magia se desvanece y mi mente revela lo que acaba de ser un sueño, o más bien, un gran recuerdo de viejas épocas. Me quedo un momento más en la cama recordando de nuevo el sabor de los Timbits, la belleza del paisaje, la frescura del aire y de la nieve y los inolvidables momentos que viví cuando tenía 17 años y estudié por siete meses en Vancouver.

With LOVE, Ana.
*La imagen de la cabecera es tomada de Google.

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