Un 24 en la finca rosada

El sitio de encuentro es la mesa de la taberna, pero la de afuera, de madera pesada, oscura y fuerte, acompañada de dos sombrillas para tapar un poco los intensos rayos del sol que acompaña a varias nubes blancas y a un cielo de un azul intenso.

Todos usan gafas de sol, toman vino o cerveza, y conversan alegres entre sí, sonriéndole al esplendor del día y a la efusividad que causan este tipo de reuniones familiares, también a la expectativa que ofrece el día de navidad.

Desde la mesa de reunión se puede ver la casa principal, está pintada de rosado confite, como dice mi mamá, y los marcos de las ventanas son de un verde aguamarina intenso. No cualquiera se arriesgaría a tener una casa con esos colores, no cualquiera tiene el suficiente conocimiento artístico y decorativo para hacer algo así. Pero mi tía lo tiene y la finca rosada, como le decimos en la familia, es todo un encanto.

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Cuando salgo de la casa, ya lista, bañada y arreglada, solo han llegado unos cuantos pero me saludan con entusiasmo. Algunos nos quedamos a dormir allá desde la noche anterior y otros llegan al medio día del 24 para el almuerzo familiar.

Somos más de 20, creo, el más grande y contemplado es el abuelito, que siempre tiene su lugar fijo, la mecedora al frente de la gran mesa, pero bajo techo para que no le dé el sol. La más pequeña es Gaby, solo tiene 18 meses pero es la más risueña, ser el más grande o el más pequeño tiene sus ventajas, son los más contemplados, los más saludados, los que más atención reciben.

El almuerzo siempre es tarde, tipo 3, para darle tiempo a todos de llegar y de pasar un rato conversando, tomando vinito y comiendo queso con uvas y maní mezclado con nueces. Es el rato más rico de todos, hablamos bobadas, tomamos fotos, y nos reímos de las payasadas de algunos de la familia.

Cuando, Yuri y Natalia (las que nos ayudan en la finca con la cocina) empiezan a desfilar con platos y bandejas, vasos y cubiertos, es porque ha llegado la hora de la comida, llegó el momento de disfrutar de las delicias culinarias de estas mujeres. La de este año: pernil, pavo, arroz paellero, ensalada y variedad de vinagretas y salsas.

Luego de comer se hecha un poco más de cháchara en la mesa y aparece Chia con los regalos del abuelito. A don José no le gusta quedarse a dormir en la finca, eso le pasa a los viejitos, por lo que reparte los regalos de él después del almuerzo. Todos reciben algo, incluidos novios y novias.

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Muchos se van luego de un rato, otros nos quedamos, conversamos, hacemos siesta o recorremos toda la finca, llena de verde, con árboles de todos los tamaños y tonalidades, al atardecer de un día lleno de alegría, fotos familiares y mucho vino.

En la noche es otro cuento, trae otro color. Luego de una comida suave, fondue de queso, viene la novena al lado del pesebre, los regalos y el niño Dios. Hay gritos, aplausos, fotos y picos de agradecimiento. Todos están felices, todos sonríen, todos rompen papeles emocionados y a la expectativa. Yo creo que la magia del 24 de diciembre está tanto en la familia y en estar todos juntos compartiendo, como en los regalos y el esfuerzo que hacemos por escoger lo mejor para esos seres queridos.

Luego llega el niño Dios. Es una tradición en mi familia que cada uno, por grande que sea, tenga un regalo debajo de la almohada, una sorpresa más que nos recuerda la emoción que sentíamos cuando éramos pequeños, con la llegada del niño Dios o de Papá Noel. Es una parte emocionante de la noche navideña.

Más tarde, viene la fiesta. No hay 24 sin parranda. El vino se cambia por algo más fuerte, whisky, guaro o ron, hay música para todos los gustos y el sitio de reunión es la taberna, ahora sí adentro. Un sitio acogedor con una mezcla de artefactos decorativos que te transporta a diversos lugares del mundo.

Botellas de licores adornar la primera parte. Más adentro, al compás de la chimenea, hay cuadros de diversos colores, unos con luces neón como de discoteca, además de muñecos, esculturas y souvenires de los distintos países.

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Poco a poco los más madrugadores se van acostando, y nos quedamos los más jóvenes. Nos gusta bailar, fumar narguila, cantar y conversar. Somos una familia animada, charlatana, y alegre. Nos dan las tantas de la madrugada, hasta que el frío, el cansancio o el exceso de licor no acuestan.

Al despertar, con un juguito de naranja en la mano para el guayabo, disfrutamos de un desayuno en familia, recordamos los sucedido durante la noche, miramos de nuevo los regalos y esperamos con ansias el próximo 24 de diciembre en la finca rosada.

With LOVE, Ana.

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2 comentarios sobre “Un 24 en la finca rosada

  1. Nani que nostalgia me dio leer tu lindo articulo pero a la vez que alegria tan grande me dio leer para recordar y sentir esos momentos tan felices que pasamos juntos en familia. Una familia sana, alegre, feliz y autentica con personajes increibles y con talento como por ejemplo el tuyo!! Escribes sueper bien mi Nani!! Te felicito!! ❤️❤️

  2. Hay Nani que belleza muy lindo recordar esos momentos que pasamos en familia pero sobre todo unidos y queriéndonos como siempre ….. Un abrazo 😘😘😘

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