Nueva York desde el piso 70

El ascensor esta atiborrado de turistas, algunos llevan al cuello cámaras de gran tamaño, visten ropa descomplicada, ligera y sobre todo colorida, haciendo juego con el sol, las flores y la alegría que trae consigo el verano. Supongo que tienen las mismas expectativas mías: tomar las múltiples fotografías que exige el momento y disfrutar del paisaje deslumbrándose con la majestuosidad, la exuberancia y la magia que envuelve la gran manzana.

Me encuentro subiendo en uno de los ascensores del Rockefeller Center, un edificio ubicado en Midtown Manhattan y conocido por su famoso árbol de navidad gigante y una entretenida pista de patinaje en hielo, para disfrutar en el invierno. En el piso 70, alberga el Top of the Rock Observation Deck, un fascinante lugar para vislumbrar la inmensidad de Manhattan desde el aire.

P1010897El vestíbulo es grande y atestado de gente, unos salen a continuar con su recorrido turístico de la ciudad, otros, como nosotros, llegan al lugar con ansias de guardar en su memoria y en sus teléfonos móviles, fotografías mentales y digitales de la inmensidad, de la magia. Otros toman un descanso y algunos más ríen a carcajadas mientras posan con una gran cuidad como fondo. Hay tres salidas, cualquiera igual de apetecida, igual de increíble. La suave brisa de principios del verano, revuelca mi pelo en instantes, y al cabo de segundos de haber salido, mi hermano ya ha tomado más de un centenar de fotos, y, emocionado, me hala hasta el borde del edificio.

En frente mío tengo una vista perfecta de los 103 pisos del espectacular Empire State Building, construido en los años 30 siendo desde ese entonces, uno de los edificios más representativos de Nueva York, ese que le da al paisaje un aire mágico. Me da por mirar hacia abajo y siento un vacío que de inmediato me hace volver la mirada al frente, apreciando el espectáculo de concreto, vidrio y colores.

Cientos de turistas con cámara en mano, parejas abrazadas, familias de distintas nacionalidades admirando y dejándose llevar por la belleza del lugar, y yo, deslumbrada, casi sin habla. Mi hermano comienza a disparar de nuevo el botón de la cámara e incluso veo que le pide a alguien que nos tome una foto a ambos, yo sigo como en el limbo.

Caminamos por el lugar, por los tres amplios balcones que le otorgan al lugar una vista de 360º. Alcanzo a ver todo Central Park, con sus frondosos árboles y sus variadas tonalidades de verde, incluso veo algunos de sus lagos. Por otro lado  edificios modernos, tocándose las narices con otros tantos de los años cuarenta o cincuenta, edificios con bonitos y coloridos letreros, el New York Times, el Chase Manhattan, MetLife, Chrysler Building, unos muy altos, otros no tanto. Muy al fondo y casi imperceptible está en construcción el edificio de la libertad, ese que “reemplazará” a las torres gemelas, –cuando visité NYC apenas estaba en construcción, pero hoy ya está terminado y sé que Condé Naste, una de mis compañías favoritas, tiene una oficina poco modesta allí– , es bonito y también uno de los mas altos, aunque como está tan lejos se ve como si tuviera escasos treinta pisos.

DSC01104Me atrevo de nuevo a mirar abajo, eso sí, a través del lente de la cámara, le hago zoom y alcanzo a ver los taxis amarillos, característicos de la ciudad, y cientos de personas caminando algunos con afán, otros disfrutando del lugar. Vuelvo a centrar mi vista en tierra firme para recobrarme del vacío, mientras alguien a mi lado grita con entusiasmo y en un tono elevado: “Hasta se alcanza a ver la estatua de la libertad”. Esa que iremos a conocer montados en un barco, también atiborrado de turistas alebrestados e incansables.

Nos quedamos hasta el atardecer, pues tenemos otros planes en la noche. Obviamente alcanzamos a tomar algunas alucinantes fotos de la mezcla entre naranja, amarillo, azul y hasta morado que la naturaleza tuvo la gentileza de poner ante nuestros ojos. Un perfecto final para un perfecto lugar.

De bajada me impresiona aún más el ascensor, al ser ya de noche, han encendido unas luces de colores que dejan ver el suelo de cristal y una miedosa vista hacia abajo, que nos aventura en picada hasta el piso 1 del edificio; vaya, hasta pareció el ascensor del terror de Disney. Una vez en el lobby, me despido mentalmente de otra gran aventura, de otra gran historia grabada en mi memoria, otro gran paisaje descubierto. Nueva York desde el aire, Nueva York desde el piso 70, fue aún más increíble de lo que imaginaba, aún más deslumbrante de lo que mi mente pudo sospechar.

Así que si estás en NYC o irás pronto, no te pierdas Top of the Rock, en el #45 del Rockefeller Plaza. Con solo USD 29, tendrás la oportunidad de visitar un sitio para explorar desde el aire la exuberante, majestuosa e insaciable New York City. Yo, espero pisar su suelo y recorrer de nuevo sus calles, ojalá muy pronto.

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