De viaje con Sarah Lark

¿Quién dijo que solo se puede viajar en aviones, trenes o barcos, caminando, en carro o en bicicleta, con equipaje, pasaporte y cámara fotográfica?

Yo, y la gran mayoría de los que leemos, viajamos a través de las letras, a través de las historias que con esmero y entusiasmo nos regalan los escritores. Yo viajo imaginando cada detalle que me narra la historia y voy creando en mi cabeza las calles, las casas, el paisaje y los personajes. En mi opinión así también se viaja, la lectura es un medio de transporte a grandes mundos.

Sarah Lark es una escritora alemana que me ha llevado de viaje a Nueva Zelanda en el último mes, ya voy por la mitad del tercer libro de la trilogía de la nube blanca y tengo que decir que me tiene cautivada. El relato está cargado de imaginación, los personajes viven las más intrincadas aventuras y el paisaje es descrito con gran exquisitez y detalle.

Debo confesarles que las primeras páginas del primer libro, En el país de la nube blanca, no me desvelaron, era más bien un relato histórico y un árbol genealógico bastante complicado. Sin embargo, alrededor de la página 180 quedé flechada, digamos que fue amor a segunda vista. Desde ese momento empezó una intensa aventura, con relatos de ficción que se mezclan con una descripción bastante real de lo que fue el país a finales de 1800 y principios de 1900.

Sarah Lark recrea con éxito las vivencias, los desafíos, las aventuras, la vida entera de varias familias que se ven emparentadas, relacionadas y engañadas entre sí. Un verdadero viaje familiar alrededor de vastas llanuras plagadas de ovejas, granjas con sirvientes indígenas y señores apegados a las tradiciones; engaños, persecuciones, historias de amor y grandes fortunas.

La obra maestra continúa con La canción de los maoríes, dotando de carácter y personalidad a una nueva generación de la misma familia y mezclando con excelencia la vida de dos culturas, las costumbres de dos mundos, los líos, amores, odios y aventuras de dos generaciones envueltas en la tradición de los indígenas y la “modernidad” de los del nuevo mundo. El piano, los caballos, las ovejas, los mineros y las prostitutas llenan las páginas de la segunda parte de esta inolvidable saga familiar.

Ya voy en la mitad del tercer libro, de esta fascinante trilogía que empecé a leer a principios de febrero y cuyas letras terminaré de leer pronto. Cada vez me veo más envuelta en este mundo y me siento más parte de la vida de sus personajes, más ciudadana neozelandesa de principios de 1900. Lark mezcla los sentimientos y recorridos de los protagonistas de la tercera generación con los desgarradores sucesos de la Primera Guerra Mundial, dándole a la tercera entrega de la saga, un aire de desolación y muerte, pero siempre mezclado con aventura, historias de amor y paisajes monumentales.

Espero con ansias el desenlace de esta gran trilogía por lo que leo incansablemente para recorrer las letras que me quedan, deleitándome una vez más con la excepcional capacidad de Sarah Lark para describir lugares, para contar historias y para enredar al lector hasta la última palabra. Les recomiendo a ojo cerrado el viaje a Nueva Zelanda, Europa y un poco de Estados Unidos, a través de las majestuosas letras de esta autora alemana.

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