Un día en Berlin

Lo que se respira en las calles de la capital alemana es cultura y educación, algunas veces tan ausentes en mi ciudad, tan olvidadas y ultrajadas por los colombianos.

El frío es moderado porque el sol hace de las suyas y evita que sintamos ese viento helado calado en los huesos. Los alemanes salen casi que en pantaloneta pues llevan varios meses con un terrible invierno plagado de nieve, así que estos primeros días de la primavera son la gloria. Para mí, en cambio, es frío, helado y solo puedo estar bien bajo el sol.

Salimos temprano a desayunar. Como voy con mi hermano que vivió allá, cogemos el bus correcto y llegamos a nuestro destino con una facilidad que solo se le da a los locales, esa misma facilidad con la que él se desenvuelve en el idioma, aunque el diga que lo habla muy mal.

Las calles están plagadas de carros, con conductores que le dan la vía al peatón pero que le hacen respetar el semáforo. “Aquí se cruza el semáforo de peatones solo cuando está en verde, así la calle esté vacía”… Eso sí es cultura, eso sí es respeto por la norma. Cuando volteo a mirar me encuentro con una iglesia famosa, que tiene la cúpula destruida por un bombardeo de la Segunda Guerra Mundial, es muy linda y conjuga con el paisaje moderno que hay a su alrededor.

  

En nuestro recorrido por la ciudad visitamos la gran estación central, Berlin Hauptbahnhof y me impresiona su inmensidad para ser una simple estación de trenes. Moderna, sofisticada y ordenada, como todo lo que logré conocer en la ciudad. En las afueras del edificio se alcanza a ver un río y varios puentes atravesándolo, el resplandor del sol se refleja de forma espectacular en el agua. Al otro lado de un puente, veo la casa de la Canciller alemana, sobria pero grande.

Un rato, después de tomar fotos por ahí, llegamos a la famosa puerta de Brandenburgo, con sus caballos verdes en la cima y sus inmensas columnas amarillentas. Hay turistas de todos los tipos, los que cargan las cámara al cuello y tienen sombrerito de aventureros, el cuarteto de amigas que usa con entusiasmo el palo de selfies, las compañeras de toda la vida que están haciendo un último paseo juntas, recién casados, con niños en coches y hasta excursiones de más de veinte personas que se distinguen con banderitas de colores.

Eso me gustó mucho de mis caminatas por Berlin, lo pintoresco del paisaje y la diversidad de personalidades que pueden encontrarse, turistas y locales se mezclan de una forma increíble, y cada uno está en lo suyo, sin importar quién viene al lado. Seguimos nuestro recorrido y pasamos por un lugar que tiene recuerdos tristes, amargos: el monumento a los judíos, compuesto por múltiples superficies de cemento, semejando tumbas, siento una sensación gris, apesadumbrada.

Más tarde, luego de un suculento almuerzo italiano y de una buena cerveza alemana, nos fuimos a visitar la cúpula de vidrio que tiene el Reichtag, para ser más específicos, el edificio del parlamento alemán. Muy bonito, pues confluyen en un mismo espacio elementos antiguos y tradicionales, con elementos modernos y sofisticados. Desde la plaza donde está la cúpula (o más bien el techo del edifico) se puede ver toda la ciudad. Tomamos fotos muy bonitas pues el sol les da un toque muy alegre y un colorido excepcional.

   

Luego de nuestra visita turística, vino la parte que más esperaba de ese día. Como gran amante del chocolate, mi hermano me lleva a la tienda de la famosa Ritter Sport que tiene un café en el segundo piso donde venden un suculento fondue. El lugar es colorido, llamativo y muy bien atendido. Luego de degustar el famoso postre, bajamos a comprar las chocolatinas, las había de todos los sabores, de frutas, de mousse, con nueces, de yogourt, además de diversos tamaños. Fui como un niño en una juguetería el día de navidad.

Este fue un día de los varios que estuve en Berlin, uno de los días que disfruté a mi hermano (vivimos en distintas ciudades), uno de los días en los que recorrí nuevas calles, conocí nuevos lugares, experimenté nuevas sensaciones; un día en el que viajé, en todo el esplendor de la palabra.

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