Plaza Mayor Madrid: fantasmas y selfies

Felipe III

“¿Sabían que la estatua de Felipe III, esa que vemos en el centro, tenía una maldición?”, preguntó una animada guía de esos tour gratis que se hacen en la Plaza Mayor de Madrid, a un grupo de turistas de los que no logré identificar su procedencia. Acto seguido contaba que mientras un pestilente olor que de ella salía era atribuido a fantasmas y a lo mal rey que había sido aquel personaje, la verdadera razón eran decenas de pajaritos que entraban por la boca abierta del caballo y que morían calcinados por los cuarenta y tantos grados del verano madrileño.

El hecho de que se atribuyera el mal olor a maldiciones y almas en pena, tiene algo de razón y no tanto de locura. Y es que en tiempos antiguos esa plaza, conocida como la plaza de Arrabal, vio morir a más de trescientos reos en los llamados Autos de fe y a otros tantos miles de toros. Hoy, en los cientos de grupos de turistas que llegan animados a visitar la plaza rodeada de rojizas paredes, y entre fotos con palos de selfie, retratistas y vendedores de baratijas, prima la historia, lo antiguo.

Eso es la plaza Mayor, una mezcla de costumbres de antaño, de historias de abuelos y vivencias familiares, de reyes y conquistas, de pan fresco y fotografías reveladas en cuartos oscuros, revuelta con cámaras digitales, guías gratuitos, celulares inteligentes, y personas de diferentes nacionalidades tratando de hacer la mejor foto del lugar. Miles de turistas visitan la plaza cada día para conocer el pasado, quizás, sentirse más sabios en el presente y poder contárselo a sus hijos o nietos en el futuro.

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Casa de la Panadería

Me pasé un rato tratando de captar la esencia del lugar, mientras escuchaba a los guías que ostentan paraguas con el letrero de ‘tour gratis’, contar historias de espíritus, maldiciones y brujería, de herejes, sangre de toros y sudor de bailarines de carnaval. Luego me acerque a uno de los guías y le pregunté qué tenía de especial plaza Mayor y por qué un montón de madrileños quisieran vivir en los balconcitos que dan a uno de los sitios más ruidosos de la ciudad. “Es vida, los turistas son vida. La gente es alegría y cualquiera quiere vivir alegre”. Según Néstor, alquilar un pequeño piso en esos blancos balcones encima de la plaza, cuesta alrededor de 1.500 euros, aunque vivir allí es sinónimo de “alta casta”.

Yo, personalmente, no viviría en un lugar tan ruidoso y atestado de gente. Pero sí que iría millones de veces. Volvería a escuchar las historias con los que entusiasman a los turistas, las fechas y datos curiosos de épocas antiguas, e incluso para comer los famosos bocadillos de calamar que se preparan en los restaurantes que rodean la plaza. Sí que recorrería, una y otra vez, sus tienditas de baratijas y me tomaría, eso sí, en verano, una buena cerveza al aire libre. Volvería para recordar el entramado histórico que esos metros cuadrados han visto acontecer o quizás para perderme en el tumulto del mercado navideño que cada año tiene vida en uno de los lugares más emblemáticos del centro de Madrid.

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El de chaqueta roja es Néstor.

 

 

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