Shanghai a sus 17 años

Shanghai es majestuosa, inmensa, contaminada. Es la ciudad más poblada de China, 24 millones a 2014, y ostenta el puerto marítimo de contenedores más congestionado del mundo. Tiene una personalidad única, con tradiciones milenarias y todo tipo de creencias ancestrales; mezcladas con la magia del progreso, los rascacielos y una economía en crecimiento, que le da el nombre de la capital financiera del país.

Y, ¿por qué una ciudad con esas características, esa inmensidad, al otro lado del mundo y con un idioma completamente diferente, fue la elección de una adolescente de 17 años? Fue la adrenalina, lo desconocido y la aventura lo que le llamaron la atención a esta chica colombiana que a duras penas había vivido lejos de su casa y de sus padres.

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Ella en el Yuyuan Garden

Todo era diferente, grande, miedoso. Había mucho ruido, mucha gente en las calles y nadie hablaba siquiera inglés. A pesar de todo le gustaba esa ciudad, le llamaba la atención todo, sus olores, su gente, su comida y hasta esos bonitos caracteres con los que escribían. Era nuevo y extraño, pero sería su vida por seis meses.

El tiempo fue dándole a todo un orden, encontró un bonito lugar donde vivir, nuevos amigos y la comida más exquisita que había probado. Tal vez no de los restaurantes más finos, pero era una sazón especial y comer con chopticks era toda una novedad. Sus platos favoritos: Gong Bao Ji Ding 宮保雞丁o pollo con maní y huoguo 火鍋 o hot-pot, una especie de fondue al estilo del país asiático.

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En China se cocina mucho con diferentes hierbas que le dan un sabor único a la comida.

Había un dicho, ‘no mires nunca hacia la cocina de un restaurante’… tal vez porque los chinos no son los más aseados del mundo. Eso les dio valor, a ella y a sus amigos, para probar lo que fuera, todos se convencieron de que si sabía rico estaba bien, y era mejor no preguntar su procedencia. Suena mal, pero sabe bien. Es una buena estrategia si es tu primera vez en el país.

El bund era la parte más bonita de la ciudad, un malecón desde el que se veía muy bien los edificios más lindos del otro lado del río Huangpu. Desde allí podría apreciar ese bonito edificio rojo, el Oriental Pearl Tower, que ostenta tres espléndidas esferas y tiene un observatorio con un piso de vidrio en el que se puede ver hacia abajo. Adrenalina pura, pero si le temes a las alturas no querrás subir.

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Le llamaban la atención sus mercados, donde nada tenía precio fijo y era indispensable hacerse amigo de los vendedores para ganarse su confianza y de paso el precio real de los artículos. A un extranjero podían pedirle 100 dólares por un reloj que en realidad valía solo 20. En sus seis meses, compró muchas cosas, las cuales nunca hubiera podido adquirir en occidente; aquí era más barato, nunca supo si era por ser falso o por ser fabricado directamente allí.

Le gustaba comprar frutas y verduras en los pequeños puesticos de la calle, donde le ofrecían una variedad casi igual (aunque no los mismos productos) que en Colombia. Y la amabilidad de la gente, aunque les entendiera poco, era de resaltar. Los chinos pueden parecer rudos y distantes en un principio, pero cuando llegas a entablar una conversación con ellos pueden volverse tus mejores amigos en instantes.

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Uno de los mercados de flores, frutas y verduras. Acompañada de su abuelo paterno, quien la visitó por unos días con sus padres y su tía.

El idioma se le fue haciendo cada vez más fácil, y podía comunicarse en forma más fluida con el paso de los días. A su edad, se le hacía fácil aprender otro idioma y su habilidad para escribir y dibujar le ayudó para tener una caligrafía casi digna de un local. Escribir los caracteres tiene su técnica, y la suya era sin duda, bonita. El mandarín es una lengua compleja, tiene cuatro acentos distintos y el mismo caracter puede significar varias cosas a la vez. Es cuestión de paciencia y mucho estudio.

Lo único milenario no es el idioma. China está plagada de tradiciones, costumbres desde tiempos inmemorables. Hasta sus edificios evocan el pasado, pero son construidos mirando al futuro. Shanghai es una mezcla de ambos, una pelea pacífica donde conviven tan bien lo antiguo con lo nuevo, lo clásico con lo moderno. Es una ciudad repleta de historias por descubrir, rincones con los que enamorarse y sabores que probar. Para ella, a sus 17 años, fue una experiencia que le cambió la vida, la hizo mirar más allá y deleitarse con una cultura tan diversa como la del gigante asiático.

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El dragón es el animal legendario de China y la personificación del elemento masculino (el yang).

Si va de visita no dude en probar sus alimentos, atreverse es parte del paseo. Visite el Templo de Buda de jade y los jardines espléndidos llenos de verde. Dese una vuelta en barco por el río o tómese un coctel en uno de los bares que dan hacia Pudong y admire los fuegos artificiales que salen de los barquitos. Visite un mercado y pruebe la famosa dragon fruit, una jugosa fruta de color fucsia. Tome muchas fotos sobre todo de sus rascacielos, y tenga el valor de subir a uno de ellos y mirar abajo. Disfrute del paisaje, de la tradición, de su gente y de su cultura. Vale la pena.

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2 comentarios sobre “Shanghai a sus 17 años

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