72 horas en un Oporto donde lo antiguo se ha vuelto cool

Callejuelas y cuestas, azulejos en iglesias y estaciones de tren, tranvías, paseos por la ribera, puentes que cruzan hacia bodegas centenarias y miradores, mariscos para chuparse los dedos acompañados de vinos dulzones, pocas nubes en el cielo y muchas cervezas artesanales, un hotel que te hace sentir como en casa, mercadillos, compras inesperadas y muchos kilómetros recorridos… Todo eso y más, me ha dejado mi reciente viaje a Oporto.

La ‘hermana pobre’ de Lisboa está haciendo sus deberes y cada vez gana más adeptos. Esta urbe hermosa, decadente, vintage y en plena efervescencia me dejó enamorada desde que me planté por primera vez en su casco antiguo –sí, hay ciudades que tienen ese poder–, con esas callejuelas empinadas, flanqueadas por construcciones antiguas  con fachadas de colores vivos y techos rojizos y con esas vistas al río Duero que te dejan sin aliento y sin batería del móvil.

Así fueron nuestros tres días en una ciudad que ha sabido convertir sus construcciones antiguas y sus tradiciones en verdaderos atractivos para los viajeros más cool y para los amantes de lo vintage.

Azulejos

Día 1. Dejándonos la suela de los zapatos en el casco antiguo
Caminando es que hay que explorar una ciudad como esta; hay que impregnarse de su esencia recorriéndola de arriba a abajo. Nuestra base de operaciones fue el hotel B The Guest, ubicado enfrente del tradicional mercado de Bolhão y en el que nos sentimos como en casa.

En la caminata mañanera vimos iglesias con sus fachadas de azulejos y, por supuesto, la Catedral de la Sé, construida en la parte más alta de la ciudad. Ya puestos por la zona nos dejamos caer por la estación de tren de San Bento, un verdadero tesoro decorado con más de 20.000 azulejos. Luego, bajamos por la Rua das Flores, una calle peatonal repleta de hoteles-boutique, cafés de toda la vida y un aire bohemio, con destino (pasando por un precioso mirador al Duero) al restaurante A Tasquinha, cuya especialidad es el pulpo a la parrilla.

Con las pilas recargadas, decidimos bajar la comida y el refrescante vino verde de la zona, subiendo los 200 escalones de la Torre de los Clérigos, la más alta de Portugal con 76 metros de altura, vaya vistas las que ofrece. A tiro de piedra se encuentra la famosa Livraria Lello e Irmão de la que cuentan inspiró a J.K. Rowling para alguno de los escenarios de Harry Potter. Lástima que el gentío que hay dentro opaque su majestuosa presencia, (la entrada cuesta 5 euros, que se descuentan si compras un libro). La cena y la noche nos pillaron en un festival de cerveza artesanal, con food trucks y música en vivo, en los Jardines del Palacio de Cristal. 

Día 2. Hacia el Atlántico y vuelta en el tranvía número 1
Calor, sol y cielos azules nos acompañaron durante todo el viaje, lo que no nos imaginamos fue que tomar el sol a mediados de junio en el Atlántico no iba a ser tan placentero, pues no teníamos calculado el viento frío. Aún así, disfrutamos de una mañana en la playa (la primera del año) tocando la arena y sintiendo la sal del mar en la cara. Foz du Duoro nos ofreció un mar bravucón y unas playas rocosas, mientras que la zona de Matosinhos, estuvo repleta de surfistas y terrazas para disfrutar de una Super Bock bien fría.  Pulpo y cerveza

Tras un suculento almuerzo con pulpo, ostras y arroz de mariscos, salimos rumbo al centro de la ciudad, a bordo del emblemático Tranvía Número 1, que antiguamente fue el medio de transporte más usado de la ciudad y hoy lleva solo turistas, ávidos de probar un poco de su grandeza de antaño. Al llegar al centro, aprovechamos para acercarnos a Armazén, una bodega desvencijada convertida en tienda de antigüedades, galería de arte y café-bar al aire libre y con aires retro.

Día 3. En dirección al Duero y a su tesoro más preciado, el vino
El último día lo reservamos para el otro lado de la ribera del Duero, desde el que dicen, con razón, tiene las mejores vistas de la ciudad. Para llegar a Vila Nova de Gaia cruzamos por el más famoso de los puentes de la segunda ciudad más importante de Portugal, el de Don Luis I. Con aires a la torre Eiffel (su constructor fue discípulo de Gustave Eiffel) y dos pisos, lo cruzamos por su parte alta con asiduas paradas en busca de la mejor fotografía.

Nuestro primer destino es el mirador del Monasterio da Serra do Pilar, que, sin duda, nos deja las mejores panorámicas del casco antiguo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El segundo, un parque en el que, con cerveza, patatas y unas frambuesas, descansamos del sol abrazador y recuperamos el aliento. Tras un almuerzo en un mercado que encontramos de casualidad, llegó nuestro momento de visitar una de las bodegas que producen el famoso vino de Oporto, un tanto dulzón –porque la fermentación de la uva es interrumpida a mitad del proceso–, pero con un grado más alto de alcohol que un vino de mesa. Ferreira, construida sobre un antiguo convento y una de las más tradicionales de la zona, fue la elegida.

La cata de vino fue la despedida de una ciudad que desborda creatividad y estilo, que mantiene su esencia atlántica, una urbe para románticos, para foodies y sibaritas y para todo aquel que esté dispuesto a recorrerla impregnándose de su olor a viejo.

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4 comentarios sobre “72 horas en un Oporto donde lo antiguo se ha vuelto cool

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